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" Pido a los dioses que me libren de este penoso trabajo, de esta guardia sin fin que estoy haciendo en lo alto del palacio de los Atridas, todo el año alerta como un perro, contemplando las varias constelaciones de los astros de la noche... Siempre esperando... Llega la noche, mas no viene con ella el reposo a mi lecho húmedo de rocío. Jamás le visitan los sueños; en vez del sueño, es el temor quien se sienta a mi cabecera y no me deja cerrar los ojos al descanso. ...¡Venga por fin el dichoso instante que me vea libre de esta fatiga! ¡Aparezca en medio de la noche el fuego de la buena nueva!
...
Ah condición de las cosas humanas! Prósperas, una sombra puede darles la vuelta; si viene el infortunio, una esponja mojada, arrojada contra ellas, borra el dibujo. Es esto mucho más que aquello, lo que me mueve a la piedad. "

PERICLES

Viendo César en Roma ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece, si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias. Puesto que nuestra alma es por naturaleza curiosa y ávida de espectáculos, ¿no es razonable censurar a los que abusan de este instinto, consagrándolo a lecciones y espectáculos indignos de atención y despreocupándose, por otra parte, de las cosas bellas y útiles?

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La escena representa el palacio de los Atridas, en Argos. Delante hay varios altares y estatuas de los dioses. Es de noche y en la azotea del palacio hay un guardián.

GUARDIÁN. A los dioses solicito el fin de esta tarea, la vigilancia de un largo año en que tumbado, a manera de perro, en lo alto del palacio de los Atridas, he llegado a conocer la asamblea de los astros nocturnos y los que traen a los hombres el invierno y el verano, poderosos luminares que brillan en el éter, con sus ocasos y salidas. Y ahora espero la señal de la antorcha, el resplandor del fuego que nos traiga desde Troya la noticia de su conquista: así lo manda un corazón esperanzado de mujer de varonil propósito. Pero, cuando tengo el lecho húmedo de rocío que me inquieta durante la noche, sin visita de sueños -pues el miedo, en vez de sueño, me acompaña y no me deja cerrar sólidamente los párpados de sueño- cuando, digo, quiero cantar o silbar y conseguir así con el canto un remedio contra el sueño, entonces lloro lamentando la desgracia de esta casa, no dirigida sabiamente como en el pasado. ¡Ojalá venga ahora una feliz liberación de estos trabajos, apareciendo en la noche el alegre mensaje de fuego!

(Se ve de pronto lucir, a lo lejos, la llama de un fuego.)

¡Oh salve, luminaria de la noche, que anuncias una luz diurna y la celebración de numerosas danzas en Argos, en gracia a este suceso!

¡Iú, iú! Estoy anunciando claramente a la esposa de Agame- nón que se alce rápidamente de su lecho y eleve en la casa, con motivo de esta antorcha, un grito de alegría, si en verdad ha sido conquistada Ilión, como la hoguera proclama con su brillo. Y yo mismo bailaré el preludio, pues voy a mover mis fichas de acuerdo con la jugada de mis amos: tres veces seis me proporciona en suerte esta hoguera.

¡Ojalá que pueda, al volver el señor de este palacio, aguantar con mi mano la suya querida! Lo demás callo: un buey enorme pesa sobre mi lengua; pero el palacio mismo, si voz tuviera, hablaría con claridad. Pero yo, de grado, me explico para los que saben y me olvido del ignorante.

CORIFEO. Este es el décimo año desde que el gran aniversario de Príamo, el rey Menelao, y Agamenón, coyunda poderosa de Atridas, honrada por Zeus en un doble trono y cetro, sacaron de esta tierra una expedición argiva de mil naves.

Con fuerza, de su pecho gritaban la guerra, a manera de buitres que en extremo dolor por sus polluelos revolotean por encima del nido, bogando con los remos de sus alas, tras perder el trabajo de empollar sus crías.

Pero alguien -quizá Apolo, o Pan, o Zeus-, oyendo en las alturas el graznido agudo de estas aves, vecinas de su reino, envía a los culpables una Erinis, tardía vengadora.

Así también el poderoso Zeus hospitalario manda contra Alejandro a los hijos de Atreo: y por culpa de una mujer de muchos hombres impone luchas numerosas y extenuantes -la rodilla hundida en el polvo y rota la lanza en combate preliminar- a dánaos y troyanos por igual.

Las cosas permanecen donde ahora están, pero se cumplirán en el tiempo marcado por el destino; ni con sacrificios que arden ni con libaciones de no quemadas ofrendas aplacarán la inflexible ira de los dioses.

Mas nosotros, incapaces por la carne vieja, excluidos de esta empresa, aquí permanecemos, guiando con el bastón nuestra fuerza de mitos. Porque la joven médula que reina en los pechos es igual que la de un viejo y Ares no habita en ellos. ¿Y qué es un hombre en su extrema vejez, marchito ya su follaje? Anda sobre tres pies, y no más fuerte que un niño camina errante cual sueño aparecido en pleno día.

Pero tú, hija de Tindáreo, reina Clitemnestra, ¿qué sucede?, ¿qué noticias hay? ¿Qué sabes? ¿En virtud de qué nuevas, enviando avisos por todas partes, mandas hacer sacrificios?

De todos los dioses protectores de la ciudad -supremos, subterráneos, domésticos, placeros- los altares arden de ofrendas. Aquí y allá, larga hasta el cielo, sube la llama animada con los dulces estímulos, sin engaño, de un aceite puro, sacado del fondo del palacio.

Relátame de esto lo que puedas y debas; hazte médico de esta inquietud, que unas veces me llena de tristes pensamientos, y otras, a la vista de los sacrificios que haces brillar, una esperanza aleja de mi corazón la congoja insaciable, este sufrimiento que me destroza la vida.

CORO. Soy dueño de cantar el mando de feliz agüero de los caudillos de la expedición, pues mi vieja existencia por voluntad de los dioses todavía me inspira la persuasión, fuerza de los cantos. Diré cómo el poder de doble trono de los aqueos, autoridad concorde a la juventud helena, envía con lanza y mano vengadora un presagio impetuoso a la tierra téucrida: dos reyes de las aves contra dos reyes de las naves, una negra, otra blanca por la espaldas. Aparecieron cerca del palacio, del lado de la mano que blande la lanza, en lugares bien visibles, devorando una liebre madre, cargada con su preñez, frustrada en su última carrera.

Canta un himno lúgubre, lúgubre, pero que triunfe, al fin, lo mejor.

Y el sabio adivino del ejército, al ver a los valerosos Atridas dispares en carácter, en las aves devoradoras de la liebre, reconoció a los caudillos de la guerra y dijo así, interpretando el prodigio: «Con el tiempo, esta expedición conquistará la ciudad de Príamo, y una Moira aniquilará con violencia a todos, junto a la muralla, como ovejas numerosas de un rebaño, sólo que alguna envidia de los dioses, anticipando el golpe, no ensombrezca cl gran bocado bélico forjado para Troya. Porque Artemis, la pura, por compasión está irritada contra los perros alados de su padre, que antes del parto inmolan con sus crías la liebre desgraciada, y aborrece el festín de las águilas.»

Canta un himno lúgubre, pero que triunfe, al fin, lo mejor.

«Ella la Hermosa, tan amiga de los tiernos cachorros de feroces leones y tan grata para los retoños deseosos, aún de la teta, de las fieras silvestres, pide que se cumplan los presagios de estos hechos y las visiones favorables y a la vez acusadoras de las aves. Pero yo invoco a Peán, el sanador, para que la diosa no proporcione a los dánaos una larga demora en el puerto, en las naves retenidas por vientos contrarios, provocando un nuevo sacrificio sin flautas ni festines, artífice familiar de discordias que no respeta ni al esposo. Pues aguarda un terrible, traidor, infatigable intendente, el rencor memorioso que toma venganza de los hijos.»

Estos fueron los destinos fatales que, junto a los venturosos, sacados de las aves agoreras proclamó Calcante para la casa de los reyes. Y de acuerdo con ellos canta el himno lúgubre, lúgubre, pero que triunfe, al fin, lo mejor.

Zeus, quienquiera que sea, si quiere ser designado así, así te invoco. Nada puedo, por más que todo lo pondero, comparar con Zeus, si es que en verdad hay que arrojar el peso vano de la cavilación.

El que antes era grande, rebosante de audacia, invencible, nadie habla de él, ya existió; y el que vino después, halló un vencedor. Mas, el hombre que con fervor hará resonar epinicios en honor de Zeus alcanzará la suprema sabiduría.

Él condujo a los hombres al saber, estableciendo como ley: «el aprender sufriendo». En vez del sueño destila el corazón un dolor por males pasados, y a los rebeldes llega incluso la sensatez. Sin duda un favor violento de los dioses sentados cabe el timón augusto.

De este modo cl caudillo superior de las naves aqueas, sin censurar al adivino, cedió a los vientos del destino adverso cuando por la calma y el ayuno el pueblo aqueo sufría detenido enfrente de Calcis, en medio de las agitadas aguas de Áulide.

Pues los vientos venían del Estrimón, trayendo funestos descansos, hambres, peligrosos anclajes, dispersión de hombres, ruina de naves y jarcias; y prolongando más la demora consumían con la tardanza la flor de los argivos. Y cuando el adivino, invocando a Artemis, anunció a los jefes otro remedio más penoso que la amarga tempestad, los Atridas golpeando la tierra con sus báculos no pudieron contener las lágrimas.

Y así el rey más anciano habló de esta forma: «Penoso es mi destino si desobedezco, pero penoso también si doy muerte a mi hija, orgullo de la casa, mancillando ante el altar mis manos paternas con arroyos de sangre virginal. ¿Cuál de las dos acciones está libre de males? ¿Cómo voy a dejar las naves, faltando a mi alianza? Porque si el sacrificio y la sangre virginal calman los vientos, es lícito desearlo apasionadamente. Sea para bien.»

Y después que su cuello fue uncido al yugo del destino, y sopló en su mente un viento contrario, impío, impuro, sacrílego, desde entonces cambió de opinión hasta resolver un acto de increíble audacia. Porque a los mortales enardece la mísera demencia, torpe consejera, causante de desgracias. Él, pues, se atrevió a hacerse verdugo de su hija, para ayudar a una guerra en venganza de una mujer, y como ofrenda propiciatoria por las naves. Las súplicas, los clamores a su padre, la edad virginal, en nada lo tuvieron los jefes deseosos de guerra. Después de la plegaria, al ver a la muchacha asida con toda su fuerza a los vestidos de su padre, ordenó éste a los siervos que, a manera de cabra, inclinando su cuello hacia adelante, la condujeran en vilo sobre el altar y ahogaran todo grito de maldición para la casa amordazando su hermosa boca con la violencia y la fuerza muda de un freno.

Hasta el suelo se desliza su túnica teñida de azafrán y de sus ojos lanzaba dardos lastimeros a cada sacrificador. Parece por su porte una imagen que quiere hablar, ella que tantas veces en los banquetes suntuosos de los Atridas había cantado y entonado amorosamente con voz pura y virginal, en la tercera libación, el feliz peán del padre querido.

Lo que después sucedió ni lo vi ni lo digo, pero las artes de Calcante no fueron vanas. Justicia otorga, a los que han sufrido, conocimiento; el futuro, cuando suceda, lo oirás. De momento déjalo correr, no llores antes de hora, pues claramente llegará con los rayos de la aurora. Y en adelante salgan tan bien las cosas como las desea la que, aquí presente, es el único baluarte que defiende la tierra de Apis.

(Sale Clitemnestra.)

CORIFEO. Vengo, Clitemnestra, a rendir homenaje a tu poder, pues es justo honrar a la esposa de un príncipe, cuando el trono carece de varón. Pero ya sea que sacrifiques por haber recibido alguna buena noticia, ya sea por gratas esperanzas, te escucharía con gusto; pero no me ofenderé si callas.

CLITEMNESTRA. Dulce mensajera, como dice el proverbio, sea la Aurora, hija de la madre Noche. Oirás una alegre noticia mayor que toda esperanza: los argivos han conquistado la ciudad de Príamo.

A

CORIFEO. ¿Qué dices? Tus palabras me han escapado de tan increíbles.

CLITEMNESTRA. Troya es de los aqueos. ¿Hablo claramente?

CORIFEO. La alegría me inunda provocando mis lágrimas.

CLITEMNESTRA. Sí, tus ojos revelan tus buenos sentimientos.

CORIFEO. ¿Es digno de crédito? ¿Posees de ello alguna prueba?

CLITEMNESTRA. La tengo, ¿cómo no?, si un dios no me ha engañado.

CORIFEO. ¿Acaso honras a las crédulas visiones de los sueños?

CLITEMNESTRA. No podría aceptar la opinión de una mente dormida.

CORIFEO. ¿O es un rumor sin alas el que te ha engordado?

CLITEMNESTRA. Te burlas de mi juicio como si fuera el de una niña.

CORIFEO. ¿Y desde cuándo ha sido destruida la ciudad?

CLITEMNESTRA. Te lo digo: en la noche que ha engendrado este día.

CORIFEO. ¿Y qué mensajero podría llegar tan rápidamente?

CLITEMNESTRA. Hefesto, que desde el Ida ha enviado un fulgor brillante. Una lumbre enviaba aquí, otra lumbre por un correo de fuego: el Ida al monte Hermeo de Lemno; desde esta isla acoge la gran hoguera, la tercera, la cumbre de Atos, consagrada a Zeus; saltando sobre el dorso del mar, la fuerza de la antorcha viajera, el pino ardiente, transmite alegre su brillo dorado, como un sol, a las cumbres del Macisto; éste, sin demora ni dejarse vencer por un sueño irreflexivo, no descuida su turno de mensajero: de lejos la luz de la lumbrera señala a los guardianes del Mesapio su paso por las corrientes del Euripo; ellos hacen brillar su respuesta y envían adelante el mensaje prendiendo fuego a un montón de brezo seco. Vigorosa y sin nunca apagarse, la llama corre de un salto la llanura del Asopo, a manera de luna brillante hasta las rocas del Citerón, y allí despierta otro relevo del fuego mensajero. La guardia no se niega a la luz viajera quemando más que los precedentes. La luz se lanzó por encima de la laguna Gorgopis, y llegando al monte Egiplancto les ordena a no retrasar el servicio del fuego. Envían, prendiéndola con ímpetu pletórico, una gran barba de fuego, que resplandece a lo lejos hasta lanzarse al otro lado del promontorio que vigila el estrecho del Satánico. En cuanto llega al monte Araene busca la cumbre vecina de esta ciudad y, por fin, alcanza esta mansión de los Atridas una luz que no es sin parentesco con el fuego del Ida.

Tales son las órdenes dadas a mis lampadeforos, que se han cumplido por relevos sucesivos y vencen el primer corredor y el último. Esta es la prueba y la señal, te digo, que me envía mi esposo desde Troya.

CORIFEO. Después, señora, daré gracias a los dioses; pero yo quisiera oír del principio al fin lo que acabas de decir y sorprenderme de ello.

CLITEMNESTRA. Troya los aqueos poseen en este día. Creo que se alza de la ciudad un clamor inconfundible: si viertes vinagre y aceite en la misma vasija, podrás decir que se separan hostilmente. Así es posible oír, por separado, los gritos de vencidos y vencedores, siendo diversa su fortuna. Unos, caídos en tierra, abrazan los cadáveres de esposos y hermanos, y los niños, hijos de padres ya ancianos, gimen del fondo de una gargante esclava por la muerte de los seres más queridos. A otros, la noctívaga fatiga después de la batalla los aglomera, hambrientos, al banquete de lo que guarda la ciudad, sin orden alguno, sino según la suerte que ha tocado a cada uno. En las casas conquistadas de Troya viven ya, libres de las heladas y de los rocíos al raso. ¡Cuán felices dormirán toda la noche sin montar guardia!

Si ellos honran a los dioses, patronos de la tierra cautiva, y los templos de esos dioses, los conquistadores no serán a su vez conquistados. Pero que no se apodere de los soldados un deseo de saquear lo que no es lícito, vencidos por el deseo de lucro. Porque necesitan un regreso seguro a la patria, recorrer la vuelta de la doble carrera. Incluso si el ejército regresa sin ofensa contra los dioses, pudiera despertarse el dolor de los muertos, si es que no ocurre alguna inesperada desgracia. Tales cosas escuchas de mí, que soy una mujer; pero que triunfe el bien de modo que se vea de manera clarísima. Pues prefiero este disfrute a muchos dones.

CORIFEO. Mujer, tú hablas con cordura como un varón sensato. Yo, después de escuchar de ti pruebas convincentes, me dispongo a invocar a los dioses. Porque nos han otorgado una gracia no indigna de nuestros trabajos.

CORO. ¡Oh soberano Zeus, oh noche amiga, conquistadora de grandes glorias! Tú has lanzado sobre las torres de Troya una red que las cubre de modo que ni grande ni pequeño han podido evitar el fuerte cáncamo de la esclavitud de Ate que todo lo avasalla.

Yo adoro al gran Zeus hospitalario que ha realizado esta hazaña de tensar desde antiguo el arco contra Alejandro, a fin de que ni antes del blanco ni más allá de las estrellas fuera lanzada en vano la flecha.

De Zeus puede decirse que es el golpe: fácil es de rastrearlo. Actuó como había decretado. Alguien ha dicho que los dioses no se dignan cuidarse del mortal que pisotea la gracia intangible, pero éste no es hombre piadoso. Pues a los hijos alcanza el castigo por acciones que no deben ser osadas, si alguien aspira a más de lo justo, si una casa desborda de opulencia excesiva. Sea sin peligro la riqueza, de modo que baste al hombre juicioso.

Porque no hay defensa para el hombre que, ahíto de riqueza, cocea contra el gran altar de la Justicia para destruirlo.

Le fuerza la funesta Persuasión, hija irresistible de Ate consejera. Todo remedio es inútil. La culpa no se puede esconder, sino que brilla con fulgor siniestro. A manera de mala moneda ennegrecida por el uso y los golpes, así resulta al ser juzgado, pues se porta como un niño que persigue un pájaro que vuela, causando a su ciudad un dolor inmenso. Ninguno de los dioses escucha su plegaria: aniquilan al varón injusto, culpable de estos crímenes.

Así sucedió con Paris que, entrando en la casa de los Atridas, afrentó la mesa hospitalaria con el rapto de una esposa.

Y ella, dejando a su pueblo choques tumultuosos de escudos, lanzas y aprestos de naves, llevando en vez de dote la ruina para Ilión, atravesó con rapidez las puertas y se atrevió a hacer lo que no debía. Profundamente temían los adivinos del palacio diciendo: «¡Oh casa, casa y príncipes! ¡Oh lecho y huellas de un esposo amante! Es posible ver el silencio humillante, irreprochable, sin olvido del marido abandonado. Por la nostalgia de la que está allende del Mar, un fantasma parecerá reinar en esta casa.»

El encanto de estatuas tan bellas es odioso al marido, en sus ojos vacíos se disipa del godo Afrodita.

En sueños se le aparecen dolorosas figuras que le traen una vana alegría. Vana, sí, porque cuando imagina ver lo deseable, se desliza fugitiva de sus manos la visión, recorriendo con sus alas los caminas del sueño. Tales son los dolores en el hogar de esta casa y ogros que superan a éstos. En godas partes, en las moradas de cada uno de los que partieron juntos de la tierra helénica, se manifiesta una pena que destroza el corazón. Muchas son, por cierto, las desgracias que hieren el alma.

Cada cual sabe el familiar que partió para la guerra; pero en lugar de hombres, sólo urnas y cenizas retornan a sus casas.

Ares, el cambista de cadáveres, coloca su balanza en medio de la lucha, y llenando fácilmente las urnas de cenizas humanas, envía desde Ilión a los amitos, carbonizado, un penoso polvo causa de amargas lágrimas. Y timen ensalzando ya a uno como «insigne en la batalla», ya a ogro como «caído gloriosamente en la matanza» por culpa de una mujer ajena. Tales murmuraciones se profieren quedamente y un resentimiento doloroso se esparce contra los Agridas vengadores.

En cambio, allí mismo, en torno a la muralla, ogros bizarros guerreros ocupan, sepultados, la tierra ilíaca.

Peligroso es el rumor de los ciudadanos, lleno de ira: así se pata la deuda debida a maldición del pueblo. Mi ansiedad espera escuchar alto escondido en la noche, pues los dioses no dejan de vigilar a los homicidas. Y las negras Erinis, con el tiempo, hunden en las tinieblas, con trastorno infortunado de su vida, al que ha prosperado contra justicia, y cuando está entre los invisibles ya no tiene fuerza. Es riesgo grave la gloria excesiva, pues Zeus hiere con rayos certeros.

Yo prefiero una prosperidad sin envidia; ni sea un destructor de ciudades, ni, cautivo, vea mi vida sometida a ogros.

Por la ciudad se extiende una veloz noticia llevada por el fuego mensajero de tragas nuevas. ¿Quién sabe si es auténtica o si es un engaño de los dioses? ¿Quién es tan infantil o privado de razón que inflamado su corazón por un reciente mensaje de la llama, luego, si el caso es ogro, se amilane? Es propio del gobierno de una mujer expresar su contenido antes de que aparezca la realidad. Demasiado crédula se extiende rápidamente la opinión femenina; pero rápida también perece la nueva proclamada por mujer.

CORIFEO. Pronto sabremos si esas antorchas brillantes, los relevos de las hogueras y del fuego son verdaderos o si, como los sueños, esta alegre luz ha venido a engañar nuestros sentidos. Veo a un mensajero que viene de la ribera sombreado por las ramas del olivo. Este polvo sediento, hermano y vecino del lodo, me atestigua que no sin voz ni encendiendo la llama con leña del bosque te dará noticias con el humo del fuego, sino que hablando nos invitará a alegrarnos aún más. 0... me horroriza el relato contrario. ¡Ojalá que a la ventura que ya se ha mostrado se añada ogro acontecimiento favorable! Y si alguien hace votos para la ciudad en ogro sentido, que él mismo coja el fruto de la perversidad de su corazón.

(Llega un mensajero.)

MENSAJERO. ¡Oh suelo patrio de la tierra argiva! En este día del año décimo llego a ti, habiendo conseguido una esperanza después de muchas fallidas. Pues jamás pensaba que en esta tierra de Argos, al morir, iba a tener mi parte de queridísima sepultura. Salve, tierra, salve, luz del sol, y tú, Zeus, supremo soberano del país, y el señor Pitio, que ya no enviarán el arco más flechas contra nosotros: bastante tiempo, junto al Escamandro, nos fuiste hostil; pero ahora sé nuestro salvador y médico, señor Apolo. A los dioses que presiden el ágora, a todos os invoco, y a mi protector Hermes, mensajero querido, orgullo de los mensajeros, y a los héroes que nos acompañaron: recibid de nuevo benévolos al ejército que queda todavía de la guerra. ¡Oh mansión de los reyes, techos queridos, bancos augustos, estatuas brillantes de los dioses! Si alguna vez en otro tiempo, también ahora acoged dignamente con estos resplandecientes rostros al rey, después de tantos años. Pues viene nuestro rey Agamenón, llevando para vosotros y para todos éstos una luz en plena noche. Recibidle de corazón, se lo merece, después que destruyó Troya, habiendo removido el suelo con el pico de Zeus el justiciero. Han desaparecido los altares y los templos de los dioses; la semilla de todo el país ha sido eliminada. Habiendo lanzado sobre Troya un pesado yugo, ha llegado el soberano Atrida, anciano afortunado. De todos los hombres de ahora es el más digno de ser honrado: pues ni Paris ni la ciudad que comparte el castigo pueden jactarse que la hazaña sea mayor que la pena. Condenado por rapto y hurto, ha perdido la presa y ha segado de raíz su casa paterna y su país. Doblemente los Priámidas han pagado sus culpas.

CORIFEO. ¡Salve, mensajero del ejército de los aqueos!

MENSAJERO. Sí, estoy convencido; no negaré a los dioses mi muerte.

CORIFEO. Estabais heridos del deseo por quienes os deseaban.

MENSAJERO. Quieres decir que esta tierra afloraba el ejército, que también le añoraba.

CORIFEO. Mucho ha llorado mi corazón enlutado.

MENSAJERO. ¿De dónde procedía este amargo sufrimiento?

CORIFEO. Hace tiempo que el silencio es el único remedio de mis males.

MENSAJERO. ¿Y cómo? Ausentes tus reyes, ¿temías a alguien?

CORIFEO. Tanto que ahora morir sería para mí, como para ti, una gran alegría.

MENSAJERO. Sí, porque las cosas han acabado bien. Pero todo lo que se prolonga puede decirse que tiene por un lado desenlaces felices y por otro motivos de reproche. ¿Quién, excepto los dioses, está libre por completo de dolores durante toda su existencia? ¡Si te contara nuestras fatigas, las malas noches a la intemperie, los pasamanos estrechos y los duros lechos de cubierta! ¿Qué parte del día pasábamos sin gemir ni lamentarnos? Y luego, en tierra, todavía era peor nuestro enfado: los lechos estaban junto a los nuevos enemigos, y del cielo y de la tierra los rocíos de los prados nos empapaban, ruina continua de la ropa, llenando de insectos nuestro pelo. Y si te hablara del invierno, matador de las aves -¡cuán intolerable nos lo hacía la nieve Idea!-; o del calor cuando el ponto cae dormido, sin olas en su lecho meridiano de bonanza. ¿Por qué padecer por estas cosas? Pasaron los sufrimientos, pasaron en verdad; los muertos ya ni siquiera desean levantarse de nuevo. ¿Por qué hay que contar el número de los muertos y que los vivos sufran por la suerte adversa? Yo juzgo digno alegrarse ahora por lo que ha sucedido. Para los que quedamos del ejército argivo, vence la ganancia, y la pena no indina la balanza. Así es que tenemos el derecho de jactamos al resplandor de este sol que vuela por encima del mar y de la tierra: «Conquistada Troya, el ejército argivo ha colgado para los dioses en los templos de Grecia este botín, antiguo y digno ornamento.» Los que oigan esto tienen que elogiar a la ciudad y a sus caudillos; y también será honrada la merced de Zeus que lo ha cumplido todo. Tienes el mensaje completo.

CORIFEO. No niego que soy vencido por tus razones: los viejos con siempre jóvenes para aprender una buena lección. Pero a esta casa y a Clitemnestra principalmente conciernen como es natural estas nuevas, aunque a mí una parte de riqueza.

CLITEMNESTRA. He lanzado hace tiempo un grito de alegría, cuando llego el primer mensajero nocturno de fuego, anunciando la conquista y destrucción de Troya. Y alguien censurándome me dijo: «Convencida por estas señales de fuego, ¿crees que Troya ha sido ya destruida? Muy propio es de mujer dejar exaltar así el corazón...» Con tales razones me hacían pasar por loca. Con todo, hice sacrificios; y por mandato de esta mujer aquí y allí, a través de la ciudad, se lanzaban los gritos rituales invocando a los dioses en los templos y adormeciendo el devorante ardor de las llamas perfumadas. Ahora, ¿por qué es preciso que me cuentes más cosas? Por el propio rey me enteraré de todo. Me apresuraré a recibir del mejor modo a mi amado esposo que regresa; pues, para una mujer, ¿qué día hay más dulce de ver que éste para abrir de par en par las puertas cuando un dios ha salvado al marido de la guerra? Comunícale a mi esposo: «Que venga cuanto antes a una ciudad querida. Encontrará, al llegar, que su esposa en su casa es fiel, tal como la dejo, perra guardiana, buena para él y feroz para sus enemigos, la misma en todo lo demás, que no ha roto ningún sello en un tiempo tan largo. El placer y las habladurías referentes a otro hombre, los ignoro tanto como el temple del bronce.» Tal es mi jactancia, pero llena de verdad no es vergonzosa cuando la proclama una mujer noble.

(La reina entra en palacio.)

CORIFEO. La reina ha hablado, si tú lo comprendes, un lenguaje apropiado para los agudos intérpretes. Pero dime, mensajero, te pregunto por Menelao: ¿ha vuelto ya y, salvo, regresará de nuevo con nosotros, príncipe tan querido de esta tierra?

MENSAJERO. No podría relatar lo que es falso de una manera tan bella que aprovechara por mucho tiempo a los amigos.

CORIFEO. ¿Como podrías decir noticias verdaderas de suerte que fueran agradables? Separadas unas de otras no se ocultan fácilmente.

MENSAJERO. El rey ha desaparecido del ejército aqueo, y, con él, su navío. No miento.

CORIFEO. ¿Se embarco desde Ilión, a la vista de todos, o una tempestad, aflicción común, la arrebato al ejército?

MENSAJERO. Como hábil arquero has hecho diana: con pocas palabras has dicho un gran desastre.

CORIFEO. ¿Y le daban por vivo o por muerto las noticias de los otros navegantes?

MENSAJERO. Nadie lo sabe para poderlo anunciar exactamente, solo el sol que nutre de vida a la tierra.

CORIFEO. ¿Como dices que vino la tempestad sobre la flota por la ira de los dioses y como termino ?

MENSAJERO. Un día propicio no conviene ensuciarlo con una lengua mensajera de desgracias: es aparte el honor debido a los dioses. Cuando un mensajero, con rostro triste, trae a una ciudad el abominable dolor de la derrota de su ejército -a la ciudad le ha alcanzado una herida común, mientras que muchos guerreros son sacados de sus casas por el doble látigo que ama Ares, calamidad de dos puntas, yugo sangriento-, cargado de tales desgracias debe ese mensajero entonar este peán a las Erinis. Pero llegando, feliz mensajero de sucesos salvadores, a una ciudad alegre de dicha, ¿como mezclaré los bienes con los males, contando una tempestad que no puede haber caído sobre los aqueos sin la ira de los dioses? Se conjuraron, siendo antes enemigos, fuego y mar y mostraron su alianza destruyendo la miserable armada de los argivos. Durante la noche se alzaron males con olas crueles. Vientos de Tracia hacían chocar entre sí los navíos: corneándose con violencia entre el tifón tempestuoso y el turbión de lluvia que los azotaba, desaparecieron en el torbellino del cruel pastor. Y cuando se elevo la luz brillante del sol, vemos al mar Egeo florecido de cadáveres de los aqueos y de restos de naves. A nosotros y a nuestra nave, con el casco indemne, alguien nos ; salvó ocultamente o rogó por nosotros un dios, no un hombre, cogiendo el timón. Fortuna salvadera se sentó de grado sobre la nave, de suerte que ni en el anclaje tuvimos la furia del oleaje ni encallamos en los escollos de la costa. Después, habiendo escapado de aquel Hades marino, durante el blanco día, sin fe en nuestra suerte, dábamos paso a nuestros pensamientos con un nuevo sufrimiento: arruinada la flota y cruelmente reducida a cenizas. Y ahora, si alguno de aquéllos está con vida, debe hablar de nosotros como muertos, ¿por qué no?, y nosotros pensamos que ellos sufren este mismo . destino. ¡Que suceda lo mejor! Pues confía que Menelao, el primero y antes que nadie, volverá. Al menos, si algún rayo de sol le descubre vivo viendo la luz, por los recursos de Zeus que aún no quiere extinguir su linaje, hay esperanza de que regrese algún día a su casa. Después que has escuchado este relato, sabe que te has enterado de la verdad.

(Sale el mensajero.)

CORO. ¿Quién sino alguien a quien no vemos y que en su presidencia de lo que está decretado rige con acierto su lengua, daba este nombre del todo verídico a la casada entre lanzas, rodeada de discordia, a Helena? Pues de acuerdo con su nombre, ha perdido a las naves, ha perdido a los hombres, ha perdido a las ciudades, cuando de entre cortinas suntuosas se hizo a la mar al soplo del céfiro poderoso, y tras ella numerosos cazadores armados de escudos que seguían la estela fugitiva de los remos, después que ellos habían desembarcado en las riberas frondosas del Simoente, llevados por una Eris sangrienta.

Una cólera de infalibles designios empujó una boda de nombre cierto para Ilión, exigiendo con el tiempo la paga por el ultraje perpetrado a la mesa y a Zeus, defensor del huésped, de aquellos que ruidosamente celebraban el canto en honor de los esposos, el himeneo que aquel día correspondía a los parientes entonar. Mas ahora, aprendiendo otro himno en lugar de éste, la vieja ciudad de Príamo gimecon fuerza un canto de lamentos, llamando a Paris «el funesto desposado», y llora su vida llena de ruinas y de llanto, habiendo tenido que soportar la visión de la mísera sangre vertida de los ciudadanos.

Así un hombre crío en su casa un cachorro de león, privado de la leche materna pero deseoso aún de mamar, manso en los inicios de su vida, amigo de los niños y alegría para los mayores; muchas veces estaba en brazos, a manera de un bebé, mirando con ojos brillantes hacia la mano y moviendo la cola a impulso de las necesidades del vientre.

Pero, con el tiempo, reveló la naturaleza que había recibido de sus padres. Pues devolviendo el favor a los que lo criaron, se preparó espontáneamente un festín con ruinosa matanza de ovejas. La casa se inundó de sangre, dolor ineluctable para sus habitantes, azote de innumerables muertos. Por voluntad de un dios ha sido criado en la casa un sacrificador de destrucción.

De momento llegó a la ciudad de Ilión, pudiera yo decir, un espíritu de bonanza en ausencia de vientos, dulce ornamento de riqueza, tierno dardo de los ojos, flor del deseo que muerde los corazones. Pero ella, desviando su camino, cumplió un amargo fin de su boda: funesta donde vive, funesta compañera, se ha precipitado, por orden de Zeus Hospitalario, sobre los Priámidas, Erinis luctuosa para las esposas.

Desde antaño existe entre los mortales una vieja sentencia: la felicidad humana, cuando crece poderosamente, engendra hijos y no muere sin ellos, y de la excelsa fortuna brota para el linaje una miseria insaciable. Diferente de los otros es mi opinión: pues es la acción impía que engendra muchas otras, semejantes a su raza; porque en las casas donde se asienta la justicia, el destino tiene siempre hijos hermosos.

Mientras que la insolencia, cuando es vieja, suele engendrar entre los malvados otra nueva, ahora o luego, cuando llega el día fijado del parto, y con ella una diosa invencible, irresistible, impía audacia de negra Ate para las casas, imagen de sus padres.

Justicia, con todo, luce en las moradas de techos ahumados y honra una vida pura. Pero, apartando la vista de las mansiones doradas con suciedad de manos, las deja y se dirige hacia las piadosas, no honrando el poder de la riqueza y su falso sello de gloria. Y todo lo conduce a su término.

(Llega Agamenón, con Casandra, en un carro.)

CORIFEO. Oh mi rey, destructor de Troya, vástago de Atreo ¿cómo he de saludarte? ¿Cómo honrarte, sin excederme mi quedarme corto en el oportuno homenaje? Muchos son los mortales que honran la apariencia transgrediendo la justicia. Todos están prestos a llorar al desgraciado -pero la mordedura del dolor no alcanza nunca el hígado-, y fingiendo compartir una alegría fuerzan un semblante adusto. Pero al buen conocedor de su ganado no pueden escapar unas miradas que, pareciendo proceder de un corazón leal, le halagan con una amistad aguada. Cuando tú, entonces, a causa de Helena -no voy a ocultártelo- enviaste una expedición, formé de ti una imagen desagradable: incapaz de gobernar el timón del pensamiento, hiciste morir a muchos hombres para rescatar una audacia voluntaria. Mas, ahora, de lo profundo del corazón y como un verdadero amigo doy la bienvenida a los que han terminado bien la empresa. Con el tiempo conocerás, si investigas, quién de los ciudadanos administra la ciudad justa o injustamente.

AGAMENON. Primeramente es justo saludar a Argos y a sus dioses, coautores de mi retorno y de la justicia que tomé contra la ciudad de Príamo. Los dioses, sin atender los argumentos de las partes, con decisión unánime sus votos homicidas, destrucción de Ilión, echaron en una urna sangrienta; pero a la contraria que quedó vacía, sólo se acercó la esperanza de una mano. La ciudad conquistada humea visiblemente. Viven sólo las tempestades de Ate: muriendo con Troya la ceniza envía hacia el cielo grasientos vapores de riqueza. A los dioses hemos de pagar por todo esto una deuda inolvidable de gratitud, si en verdad hemos vengado cumplidamente el rapto y por una mujer una ciudad pereció bajo el monstruo argivo, cría de un caballo, tropa armada de escudo, que se lanzó al ocultarse las Pléyades, y saltando por encima de los muros, como carnicero león, lamió hasta saciarse de la sangre de príncipes.

En honor de los dioses he alargado este preludio. En cuanto a los sentimientos que te he oído expresar, los recuerdo; yo digo lo mismo y me tienes a tu lado. Pocos de los hombres tienen la innata cualidad de honrar sin envidia al amigo afortunado. Un veneno malévolo invadiendo el corazón dobla el dolor del que posee esta enfermedad: se agobia con sus propias desgracias y gime al contemplar la dicha ajena. Por experiencia puedo decir -pues conozco bien el espejo del trato humano- que aquellos que parecían serme muy adictos resultaron la imagen de una sombra. Sólo Ulises, que embarcó contra su voluntad, una vez uncido fue para mí valeroso caballo de tirante; te lo digo ya esté muerto, ya vivo.

En cuanto a lo demás que atañe a la ciudad y a los dioses, abriendo públicos debates en la asamblea, lo trataremos. Hay que buscar la manera de que dure mucho tiempo lo que esté bien; y si alguno precisa remedios curativos, quemando o cortando prudentemente, intentaremos alejar el azote de la enfermedad.

Ahora, entrando en el palacio y en mi hogar, saludaré en primer lugar a los dioses, que después de haberme enviado lejos me trajeron otra vez. ¡Que la Victoria, puesto que me ha seguido, permanezca aquí por siempre!

(Clitemnestra sale del palacio junto a sus esclavas, que portan telas y tejidos preciosos.)

CLITEMNESTRA. Ciudadanos, veneración de los argivos, no voy a

avergonzarme de expresar delante de vosotros mi amor por mi marido: con el tiempo desaparece la timidez en las personas. Sin haberlo aprendido de otros, os contaré mi propia vida agobiante durante el tiempo en que este hombre estuvo al frente de Ilión. En primer lugar, es un mal terrible para una mujer quedarse sola en casa, lejos de su esposo; y luego, venga uno y otro a llevar noticias cada vez peores, gritando males para la casa.

Y si este varón hubiera recibido tantas heridas como el rumor traía a la casa, bien se puede decir que estaría más agujereado que una red. Y si estuviera muerto tantas veces como contaban los relatos, podría jactarse, Gerión segundo, de haber tenido tres cuerpos y de haber recibido una triple carga de tierra, ? muriendo una vez con cada una de estas tres formas. Por esos rumores tan malignos, otras personas soltaron violentamente muchos lazos que, colgando del techo, aprisionaban ya mi cuello.

Por estas causas no está junto a mí, como debería, tu hijo garantía de nuestra fe, Orestes. No te extrañes: le cría un huésped amigo, Estrofo el focense, que me anunciaba penas dobles: tu peligro al pie de Ilión, y que un motín popular derribara el Consejo, ya que es innato a los hombres cocear al ' caído. En un alegato como éste no hay engaño.

En cuanto a mí, se me han secado las fuentes copiosas de las lágrimas; no queda ni una gota. Con las largas vigilias mis ojos están enfermos de llorar esperando las llamas anunciadoras de tu vuelta, que siempre eran retrasadas. Y durante mis sueños, era despertada por los vuelos ligeros de un mosquito zumbador, después de ver más desgracias sobre ti que tiempo duraba el sueño.

Ahora, tras tanto dolor, con el corazón libre de angustia, bien puedo llamar a este hombre perro guardián de la casa, cable salvador de la nave, firme columna del elevado techo, hijo unigénito de un padre, tierra aparecida a los navegantes con tra toda esperanza, día bellísimo de ver después de la tormenta, chorro de fuente para el sediento caminante. Es dulce escapar de toda necesidad: de tales saludos le juzgo digno. ¡Que se aleje la envidia: muchas son las desgracias que hemos sufrido ya antes! Y ahora, querido, desciende de este carro sin poner en el suelo tu pie, oh señor, destructor de Troya. ¿Qué esperáis, esclavas, a quienes se ha mandado cubrir con una alfombra el suelo de su carrera? Que el camino sea al punto cubierto de púrpura para que la justicia le conduzca a una mansión no esperada. Lo demás, mi cuidado, no vencido del sueño, lo cumplirá justamente con ayuda de los dioses, de acuerdo con lo fijado por el destino.

AGAMENÓN. Hija de Leda, guardián de mi casa, has hablado de manera semejante a mi ausencia, pues te has extendido largamente. Pero alabarme dignamente es un homenaje que ha de venir de otros. Por lo demás, no me mimes a manera de mujer, ni como si fuera un bárbaro me acojas, postrada, con clamores, ni extendiendo alfombras hagas envidioso mi camino. A los dioses hay que honrar así; pero, siendo yo mortal, no puedo caminar sin miedo en medio de bordadas maravillas. Digo que me honres como a un hombre, no como a un dios. Sin alfombras ni bordados también mi fama grita, y el no ser insensato es el mayor regalo del los dioses. Feliz se ha de llamar sólo al que ha terminado la vida en grato bienestar. Te lo dije, yo no podría hacer confiadamente lo que desea.

CLITEMNESTRA. Ahora, respóndeme a esto con entera franqueza.

AGAMENÓN. Ten por cierto que no falsearé mi pensamiento.

CLITEMNESTRA. En un momento de temor, ¿habrías prometido a los dioses obrar así?

AGAMENÓN. Sí, si alguien bien entendido me hubiera manifestado este deber.

CLITEMNESTRA. ¿Qué crees que hubiera hecho Príamo si hubiera logrado esta victoria?

AGAMENÓN. Me parece de cierto que habría pisado tejidos bordados.

CLITEMNESTRA. Así pues, no temas a las censuras humanas.

AGAMENON. Con todo, la opinión del pueblo tiene gran fuerza. CLITEMNESTRA. El que no es envidiado no es digno de envidia.

AGAMENÓN. Ni es propio de mujer desear pendencias.

CLITEMNESTRA. A los afortunados también conviene el dejarse vencer.

AGAMENON. ¿Tú en tanto estimas la victoria en esta disputa?

CLITEMNESTRA. Créeme y concédeme voluntariamente la victoria.

jAGAMENÓN. Pues bien, si así lo deseas, que me desaten al punto las sandalias, calzado esclavo de mi pie, y que al pisar esta púrpura ninguno de los dioses alce contra mí desde lejos una mirada envidiosa. Es una gran vergüenza arruinar la casa destrozando con los pies un tesoro de tejidos pagados en plata. Pero basta de esto. A la extranjera, acógela con bondad: la divinidad mira con ojos complacida al que gobierna con dulzura. Nadie con gusto lleva el yugo de esclavo. Y esta mujer que me acompaña es flor escogida entre muchas riquezas, regalo del ejército. Y puesto que me he sometido a obedecerte en esto, voy a entrar en las salas del palacio pisando púrpura.

CLITEMNESTRA. Existe el mar -¿quién podrá agotarlo?- que nutre el jugo de la abundante púrpura, preciado cual la plata, siempre renovado, tinte de los tejidos. La casa, gracias a los dioses, tiene de todo esto, señor: no conoce el palacio la pobreza. Habría ofrecido en mis votos el hollar de muchos tapices, si los oráculos lo hubieran ordenado a esta casa cuando buscaba yo la manera de rescatar tu vida. Porque mientras la raíz vive, el follaje llega a la casa, extendiendo su sombra que protege del perro Sirio. Así, cuando tú has regresado al hogar del palacio, el calor anuncia su llegada en medio del invierno; y cuando Zeus hace vino de la uva ácida, entonces hay en la casa un soplo fresco, si un varón cumplido retorna a palacio. ¡Oh Zeus, Zeus que todo lo cumples, cumple mis deseos, y toma interés en aquello que vayas a cumplir!

(Clitemnestra entra en palacio.)

CORO. ¿Porqué este temor se cierne pertinaz en mi corazón y vaticina graciosa y espontáneamente? ¿Por qué no puedo escupir a la manera de los sueños oscuros y un valor persuasivo no se sienta en el trono de mi mente? El tiempo ya pasó desde que las amarras fueron arrojadas a las orillas arenosas, cuando el ejército naval llegó a Troya.

Me he enterado de su regreso por mis ojos, testigo soy; sin embargo, mi corazón, desde dentro, sin lira, autodidacto, entona el canto fúnebre propio de la Erinis, y ya no poseo el querido valor de la esperanza. Pero mis entrañas no se equivocan: mi corazón en el vaticinio de mi mente gira y gira con movimientos que se cumplen. Solicito a los dioses que tales cosas caigan de mi esperanza, como mentiras, al lugar donde no se realicen.

Sí, en verdad, el límite de la excelente salud es insaciable, pues la enfermedad, cual vecino medianero, se le echa encima y un próspero destino humano choca en invisible escollo. Si al menos, con honda moderada, el miedo ha arrojado una parte de la riqueza adquirida, la casa no se hunde por completo a pesar de la carga excesiva de opulencia y el navío no se precipita al fondo del mar. Un gran don de Zeus, abundante y nacido de los surcos de las cosechas anuales, aleja la plaga del hambre.

Mas la negra sangre de un hombre, una vez vertida al suelo, ¿quién podría devolverla a la vida con encantos? Al que sabía la recta manera de hacer volver de entre los muertos, ¿no le detuvo Zeus para nuestro bien? Pero si un destino establecido por los dioses no impidiera al propio llevarse más de lo debido, mi corazón, adelantándose a la lengua, revelaría estas cosas; pero ahora brama en las tinieblas, con ánimo afligido, sin esperanza de que se cumpla oportunamente ningún propósito, mientras ardiente viva mi pecho.

(Clitemnestra sale del palacio.)

CLITEMNESTRA. Entra en palacio también tú, Casandra, a ti lo digo. Ya que Zeus, benévolamente, te ha hecho partícipe de las libaciones en el palacio -de pie entre numerosos esclavos junto a su altar-, baja de ese carro y no seas soberbia. También el hijo de Alcmena dicen, fue vendido y se resignó a la vida de la hogaza servil. Pero si la necesidad inclina la balanza en este sentido, es una gran suerte hallar unos señores ricos de antiguo. Pero, los que sin esperarlo recogieron una hermosa cosecha, son siempre crueles y rigurosos con los esclavos. Tú has oído ya nuestras costumbres.

CORIFEO. (A Casandra.) A ti acaba de hablarte claramente. Puesto que estás dentro de una red fatal, obedece si estás dispuesta a hacerlo; pero quizá no lo hagas.

CLITEMNESTRA. Si no posee, cual golondrina, una lengua bárbara desconocida, intentaré persuadirla con palabras que lleguen a su mente.

CORIFEO. Síguela. Te dice lo mejor en este caso. Obedece, deja el asiento de este carro.

CLITEMNESTRA. No tengo tiempo que perder ante la puerta; porque en el hogar interior del palacio las ovejas están ya dispuestas para el sacrificio. Tú, si vas a hacer algo de lo que te digo, no te demores. Pero si, incapaz de comprenderme, no aceptas mis palabras, en vez de con tu voz, explícate con tu mano bárbara.

CORIFEO. La extranjera parece que necesita un intérprete lúcido. Sus modales son los de una fiera acabada de coger.

CLITEMNESTRA. Está loca sin duda y sólo escucha sus locos consejos: una mujer que llega abandonando una ciudad conquistada y no sabe soportar el freno antes de echar fuera la cólera en una sangrante espuma. Ya no me rebajaré profiriendo más palabras.

(Clitemnestra entra en palacio.)

CORIFEO. Ya que, como me apiado de ella, no me alteraré. Ve, desgraciada, dejando este carro; cede al destino, estrena el yugo.

(Calandra, que hasta el momento callaba, empieza a gritar.)

CASANDRA. ¡Ay, ay, ay, horror! ¡Apolo, Apolo!

CORIFEO. ¿Por qué estos ayes sobre Loxias? Pues este dios nada tiene que ver con los lamentos .

CASANDRA. ¡Ay, ay, ay, horror! ¡Apolo, Apolo!

CORIFEO. De nuevo tu triste lamento vuelve a invocar al dios a quien no conviene un lugar en los gemidos.

CASANDRA. ¡Apolo, Apolo, dios de los caminos, Apolo mío! Me has perdido sin remedio por segunda vez.

CORIFEO. Parece que va a vaticinar sus propios males. La inspiración divina permanece en su mente, aunque de esclava.

CASANDRA. ¡Apolo, Apolo, dios de los caminos, Apolo mío! ¿Adónde, adónde me has traído? ¿A qué mansión?

CORIFEO. A la de los Atridas: si tú no lo sabes, yo te lo digo; y tú no podrás decir que es mentira.

CASANDRA. ¡Ah! Casa odiosa a los dioses, testigo de muchos crímenes dentro de la familia, de desmembramientos; un

matadero de gente, un suelo empapado en sangre.

CORIFEO. La extranjera, creo, tiene buen olfato, como una perra; sigue la pista de muerte de personas, cuya sangre va a descubrir.

CASANDRA. ¡Ah! Creo en estos testimonios: esos niños que lloran su degüello, esas carnes asadas devoradas por un padre.

CORIFEO. Conocíamos tu fama de adivina; pero no buscamos profetas.

CASANDRA. ¡Oh dioses! ¿Qué se prepara? ¿Qué es este nuevo y gran dolor? Un gran mal se trama en esta casa, insoportable para los amigos, incurable, y el socorro está lejos.

CORIFEO. No entiendo estos vaticinios; pero lo demás lo comprendo; toda la ciudad lo proclama.

CASANDRA. ¡Oh miserable! ¿Vas a terminar esta acción? Al esposo que comparte tu lecho, después de haberlo lavado en el baño... ¿cómo diré el final? Pues esto será rápido: extiende mano tras mano deseosa de alcanzarlo.

CORIFEO. Todavía no entiendo; ahora estoy desconcertado por tus oscuros oráculos, con sus enigmas.

CASANDRA. ¡Eh, eh, oh, oh! ¿Qué es esto que aparece? ¿Es una red de Hades? No, más bien la red es su propia esposa, la cómplice del crimen. Que la Discordia, insaciable a la familia, lance un grito de triunfo sobre sacrificio abominable.

CORO. ¿A qué Erinis exhortas a gritar sobre el palacio? Tus palabras no me alegran. Corre a mi corazón una gota de tinte amarillo, semejante a la que llega al caído por la lanza con los rayos del ocaso de su vida, mientras la desgracia rápida se acerca.

CASANDRA. ¡Ah, ah! ¡Ahí, ahí! Aparta el toro de la vaca. Entre vestidos la ha cogido, con un artificio de cuernos negros la hiere y cae en la bañera llena. Te cuento el suceso de un recipiente de sangrienta traición.

CORO. No me jactaría de ser un experto conocedor de oráculos, pero estas palabras las comparo a algo infausto. ¿Qué noticia buena sale nunca de los presagios para los mortales? Por medio de desgracias las artes parleras de los profetas dan a entender el error.

CASANDRA. ¡Ay, ay, desgraciada! ¡malhadada suerte mía! Lloro mi propio dolor y lo vierto también a la copa. ¿Con qué fin me has traído aquí, desdichada de mí? No a otra cosa que compartir la muerte, sin duda.

CORO. Eres una loca, juguete de los dioses y lloras sobre ti misma un canto destemplado, como el rubio ruiseñor, insaciable de llanto que, ay, en su infeliz corazón grita: «Itis, Itis» durante toda su vida ubérrima de penas.

CASANDRA. ¡Ay, ay, destino del melodioso ruiseñor! Los dioses le otorgaron un cuerpo alado y una vida feliz, sin lágrimas. En cambio a mí me espera una muerte a lanza de doble filo.

CORO. ¿De dónde sacas esos tormentos inútiles, violentos, enviados por los dioses y esos horrores que modulas a la vez con lúgubres gritos y notas penetrantes? ¿De dónde los ominosos hitos de tu sendero profético?

CASANDRA. ¡Oh la boda, la boda de Paris fatal a los suyos! ¡Oh Escamandro, río de la patria! En otro tiempo a tus orillas, desgraciada, crecía y me criaba, pero, ahora, cabe el Cocito y en las márgenes del Aqueronte, pronto, creo, cantaré mis oráculos.

CORO. ¿Qué palabras son éstas demasiado claras que has pronunciado? Un niño oyéndolas las entendería. Estoy abatido por tu suerte dolorosa, como por una sangrienta mordedura, mientras tú cantas tus plañideras desgracias que me hieren al oírlas.

CASANDRA. ¡Oh Miserias, Miserias de mi ciudad del todo destruida! ¡Oh sacrificios paternos por las murallas, inmolación de innumerables ovejas de nuestros prados! Ningún remedio ha evitado a la ciudad sufrir lo que sufre. Y yo inflamado el corazón pronto caeré en tierra

CORO. Tus palabras de ahora siguen a las de antes. Algún dios malévolo, cayendo sobre ti con peso enorme, te hace cantar sufrimientos lastimeros que traen la muerte. Pero no puedo conjeturar el fin.

CASANDRA. Ya el oráculo ya no mirará más a través de velos, como una joven recién desposada; brillante, estoy segura, llegará soplando hacia el sol naciente, de suerte que una desgracia mucho mayor surgirá, como una ola, a la luz. Ya no os informaré por medio de enigmas. Y sed testigos de que olfateo, sin perderme, las huellas de los crímenes antiguos. Este palacio nunca lo abandona un coro que si canta al unísono, no es de dulce melodía; pues no entona alabanzas. Sí, ha bebido para tener más coraje, sangre humana la tropa, difícil de expulsar, de las Erinis familiares que permanecen en el palacio. Sitiando esta morada, cantan el himno de la maldad inicial: después, a su vez, escupen sobre el lecho de su hermano, cruel al que lo mancilla. ¿Erré el blanco o lo acierto como un arquero? ¿O soy una falsa adivina que llama de puerta en puerta diciendo necedades? Jura en testimonio de que no has oído y no conoces el viejo crimen de esta casa.

CORIFEO. ¿Y cómo un firme juramento, por sólido y sincero que fuera, podría ser una solución? Pero me admiro de que tú, criada al otro lado del mar, en una lengua extranjera, hables con acierto en todo, como sí hubieras vivido entre nosotros. CASANDRA. Apolo, el adivino, me encargó esta tarea.

CORIFEO. ¿Cómo siendo un dios estaba herido por un deseo?

CASANDRA. En otro tiempo se avergonzaba de hablar de ello.

CORIFEO. Todo el mundo es más delicado en la prosperidad.

CASANDRA. Era un luchador que respiraba un completo amor por mí.

CORIFEO. ¿Y llegasteis, como es costumbre, a la hora de los hijos?

CASANDRA. Tras consentir, engañé a Loxias.

CORIFEO. ¿Estabas ya en posesión del arte adivino?

CASANDRA. Sí, ya vaticinaba a mis conciudadanos todas sus desgracias.

CORIFEO. ¿Cómo, pues, te quedaste impasible a la ira de Loxias?

CASANDRA. A nadie convencía en nada, después de esta falta.

CORIFEO. Sin embargo, por todo esto creemos que vaticinas cosas dignas de fe.

CASANDRA. ¡Ay, ay, oh desventura! De nuevo la terrible fatiga de la adivinación me agita profundamente, turbándome con sus siniestros preludios. ¿Veis estos niños sentados delante del palacio, semejantes a las formas de un sueño? Como niños muertos por sus parientes, las manos llenas de carne, alimento de sí mismos, llevando -carga lamentable- sus entrañas e intestinos de que gustó su padre. Por ello alguien, digo, medita su venganza, un cobarde insolente, casero, que se revuelve en el lecho contra el señor que ha llegado, el mío, pues debo soportar el yugo esclavo. Y el capitán de las naves y destructor de Troya no sabe lo que ha dicho y declamado extensa y alegremente la lengua de esa perra odiosa y que, a manera de infortunio solapado, cumpliré con perversas artes. Tal es su audacia: una mujer asesina del varón es... ¿Qué nombre acertaría a dar a este monstruo repugnante? ¿Dragón de dos cabezas, Escila habitante de las rocas, ruina de nave gantes? ¡Rabiosa madre de Hades, que respira para los suyos Ares sin tregua!

¡Qué alarido de triunfo ha lanzado la mujer toda audacia, como en una batalla victoriosa! ¡Y finge alegrarse de un retorno feliz! Y sí no me creéis, me es igual. ¿Qué importa? Lo que ha de ser, llegará. Y tú, estando presente, pronto me dirás, lleno de lástima, que soy una adivina demasiado verídica.

CORIFEO. El banquete de Tiestes y la carne de sus hijos he comprendido y me estremezco: estoy poseída de terror al oír la verdad y no con imágenes. Pero en cuanto a lo restante que he escuchado, he perdido la pista y corro fuera del camino.

CASANDRA. Digo que vas a ver la muerte de Agamenón.

CORIFEO. Cierra tu boca con un silencio propicio.

CASANDRA. Ningún dios salvador guía mis palabras.

CORIFEO. No, sí ha de ser así: pero ojalá no ocurra.

CASANDRA. Tú haces plegarías, pero ellos se cuidan de matar.

CORIFEO. ,Y qué varón prepara este sufrimiento?

CASANDRA. Demasiado te extravías de mis profecías.

CORIFEO. Sí, pues no comprendo los recursos del asesino.

CASANDRA. Sin embargo, conozco muy bien la lengua griega.

CORIFEO. También los oráculos de Delfos y, con todo, son dífícíles de entender.

CASANDRA. ¡Ah, ah! ¿Qué fuego avanza sobre mí? ¡Oh, oh, Apolo Lícío! ¡Ay, ay de mí! Esta leona de dos píes que yace con el lobo, por ausencia del león generoso, me matará a mí, míse rable. Como sí preparara un veneno, añadirá a su poción también un salario para mí. Se jacta, afilando el puñal contra el varón, que también me matará a mí como paga de mí llegada aquí. ¿Por qué entonces llevo estos adornos risibles para mí, el bastón y las guirnaldas fatídicas alrededor del cuello? Os destruiré antes de mí muerte. Id a la perdición: así, arroján doos al suelo, os pago. Colmad de calamidad a otro en vez de

a mí. He aquí, Apolo desnudándome él mismo del vestido de profetisa, contemplándome bajo estos ornamentos el hazmerreír unánime de amigos y enemigos. Como una vagabunda de casa en casa en busca de limosna, soportaba ser llamada mendiga, miserable, hambrienta. Y ahora el profeta que me hizo Profetisa me ha conducido a este destino de muerte: en vez del altar patrio me espera un tajo, ensangrentado con la sangre caliente de mi degüello.

Mas no moriremos impunes por parte de los dioses: vendrá un vengador nuestro, un vástago matricida que hará pagar la muerte de su padre. Desterrado, errante, extranjero a esta tierra, vendré para coronar estas desgracias de los suyos; pues los dioses han jurado un gran juramento, que le traerá el cuerpo yacente de su padre. ¿Por qué, entonces, enternecida, gimo así? Habiendo visto cómo trataron a Troya, los que tomaron la ciudad terminan de este modo por juicio de los dioses. Vamos, voy a entrar y seré fuerte para morir. Saludo en estas puertas a las del Hades: ruego sólo un golpe certero para que, sin convulsiones, derramando dulcemente mi sangre, cierre estos ojos.

CORIFEO. ¡Oh mujer muy desgraciada y muy sabia también, mucho te has extendido! Pero si verdaderamente conoces tu propio destino, ¿cómo, a manera de una vaca conducida por un dios, caminas tan valiente hacia el altar?

CASANDRA. No hay salida posible, extranjeros, en el tiempo.

CORIFEO. Pero el último momento se estima en más.

CASANDRA. Este día ha llegado: poco provecho sacaré con la huida.

CORIFEO. Sabe que eres valiente, de corazón audaz.

CASANDRA. Nadie que es feliz escucha estos elogios.

CORIFEO. Mas morir de forma gloriosa es una gracia para un mortal.

(Casandra se marcha hacia el palacio, pero se vuelve cede asustada.)

CASANDRA. ¡Ay padre, tú y tus nobles hijos!

CORIFEO. ¿Qué ocurre? ¿Qué terror te hace retroceder?

CASANDRA. ¡Ah, ah!

CORIFEO. ¿Por qué gritas así, si no es algún espanto de tu mente?

CASANDRA. El palacio exhala un olor de muerte y de sangre derramada.

CORIFEO. ¿Cómo? Es el olor de los sacrificios del hogar.

CASANDRA. Es un hedor como el que sale de un sepulcro.

CORIFEO. No hablas de aromas de Siria, esplendor para la casa.

CASANDRA. Voy a llorar en el palacio mi destino y el de Agamenón. Basta ya de vida. ¡Oh extranjeros! No lloro como un pájaro que pía de miedo ante una mata, sino porque, una vez muerta, deis testimonio cuando una mujer muera, a cambio de mí y un hombre caiga a cambio de otro mal casado. Es el presente de hospitalidad que pido a la hora de morir.

CORIFEO. ¡Oh desgraciada! Te compadezco por tu destino previsto.

CASANDRA. Deseo aún decir una palabra o un lamento por mí misma. Al sol, hacia su última luz, imploro: que mis asesinos paguen a mis vengadores la deuda de esta esclava muerta, de tan fácil presa.

¡Oh empresas humanas! Prósperas, una sombra puede mudarlas; adversas, unos golpes de esponja mojada borran el dibujo. Y esto, más que aquello, me llena de piedad.

(Casandra entra en Palacio.)

CORIFEO. La prosperidad es insaciable para los mortales. Nadie renuncia a ella, ni la aleja de los palacios ya señalados, diciendo: ano entres aquí.»

A este varón, los bienaventurados le otorgaron la gracia de conquistar la ciudad de Príamo y honrado por los dioses ha regresado a casa. Mas, si ahora ha de pagar la sangre derramada antes, y sacrificando a los muertos, provocar el castigo de otros muertos, ¿qué hombre, al oír esto, podría jactarse de haber nacido con venturoso destino?

(Se oye un grito de Agamenón, procedente del palacio.)

AGAMENON. ¡Ay de mí! He recibido un golpe mortal dentro del pecho.

CORIFEO. ¡Silencio! ¿Quién grita mortalmente herido?

AGAMENON. ¡Ay de mí, de nuevo! Otra vez me hirieron.

CORIFEO. Me parece por los gemidos del rey que el crimen se ha realizado. Comuniquemos, pues, varones, seguros consejos.

(Cada uno de los doce coreutas transmite su opinión.)

1. Os digo mi opinión: enviemos mensajeros a los ciudada

nos para que acudan al palacio.

2. Soy del parecer de precipitarnos rápidamente dentro y sorprender el crimen con la espada que mana todavía sangre.

3. Estoy de acuerdo. Mi voto es hacer algo; no es momento de vacilar.

4. Se puede ver: como un preludio, sus acciones presagian tiranía para la ciudad.

5. Nosotros perdemos tiempo; ellos, en cambio, pisoteando

por tierra la gloria de la demora, no duermen con su mano.

6. No sé, en verdad, qué consejo formular.

7. Ésta es también mi opinión, porque no veo la manera de resucitar al muerto con palabras.

8. Para prolongar nuestras vidas, ¿vamos a ceder ante estos gobernantes que ultrajan el palacio?

9. No es soportable. Es preferible morir la muerte es mejor que la tiranía.

10. Sí; pero por los indicios de esos gemidos, ¿vamos a profetizar que el rey ha muerto?

11. Es necesario enfadarse cuando se sabe cierto una cosa; conjeturar es distinto de saber.

12. Celebro esta idea y la comparto de lleno: saber exactamente qué es del Atrida.

(Se abre la puerta del palacio y aparece Clitemnestra con la espada en la mano. Próximos de ella están los cadáveres de Agamenón y Casandra.)

CLITEMNESTRA. No me avergonzaré de decir lo contrario de muchas cosas dichas antes oportunamente. Pues, ¿cómo el que prepara acciones enemigas contra sus enemigos que fingen ser amigos, podría tender los hilos de la perdición a mayor altura que su salto? Este encuentro no he dejado de meditarlo hace tiempo: la lucha del desquite ha venido a la postre y estoy donde he herido, sobre la obra realizada. La realicé de manera -y no lo negaré- que no pudiera huir ni evitar su muerte. En torno suyo extiendo una red sin escape, como la de los peces, una tela de fatal riqueza. Le hiero dos veces, y con dos gemidos se debilitan sus miembros; caído ya, le doy un tercer golpe, ofrenda votiva al Hades subterráneo, salvador de los muertos. Así, cayendo, exhala su alma, y lanzando con su aliento un vómito impetuoso de sangre, me alcanza con las negras gotas de sangriento rocío, alegrándome no menos que la lluvia de Zeus alegra a los sembrados en la maternidad germinal del grano.

Así están las cosas, ancianos venerables de Argos; podéis regocijarnos si os place; yo me ufano de ellas. Si fuera lícito verter libaciones sobre el cadáver, sería justo hacerlo aquí, e incluso más que justo. Pues éste ha llenado de tal manera en el palacio la crátera de crímenes malditos, que ahora a su regreso él mismo la ha apurado.

CORIFEO. Nos maravilla la osadía de tu lengua, ya que hablas con tanta jactancia de tu esposo.

CLITEMNESTRA. Me probáis como si fuera una mujer irreflexiva. Pero yo os hablo, bien lo sabéis, con un corazón valiente, y me es igual si queréis elogiarme o condenarme. Este es Agamenón, mi esposo, cadáver por obra de esta mano derecha, trabajo de justo artífice. Eso es todo.

o qué bebida sacada de las corrientes marinas probaste para cargar con este sacrificio y las maldiciones de un pueblo? Arrojaste, cortase: serás mujer apátrida, odio abrumador de los ciudadanos.

CLITEMNESTRA. Ahora me castigas al exilio, lejos de la ciudad y a soportar el odio de los ciudadanos y las maldiciones del pueblo. Entonces nada hiciste contra este hombre que, sin importarle, como si se tratara de la muerte de una res entre innumerables ovejas de lanudos rebaños, sacrificó a su hija, mi parto más querido, para encantar los vientos tracios. ¿No era a éste al que debías haber desterrado de este país, como castigo a sus crímenes? En cambio, al enterarte de mis crímenes, eres un juez implacable. Mas yo te digo que puedes lanzar estas amenazas con la convicción de que estoy preparada del mismo modo: si me vences con tu mano, gobernarás; pero si la divinidad decide lo contrario, aprenderás, aunque sea tarde, a ser prudente.

CORO. Eres ambiciosa y hablaste con arrogancia. Así, a causa de una acción sangrienta la mente delira, una mancha de sangre brilla en tus ojos. Despreciada, privada de amigos, pagarás la herida con la herida.

CLITEMNESTRA. ¿Y tú quieres oír la sagrada ley de mis juramentos? Por Justicia que ha vengado a mi hija; por Ate y por Erinis, a quienes he sacrificado a este hombre, no se me ocurre ni pensarlo que el temor pise este palacio mientras encienda el fuego de mi hogar Egisto, leal a mí como hasta ahora. Ése es para mí escudo no pequeño de valor.

Yace en tierra al que ha injuriado a esta mujer, felicidad de las Criseidas bajo Ilión; y también esa esclava y adivina, la profetisa que compartió su lecho, fiel concubina, que ha desgastado junto a él los bancos de la nave. Ambos han tenido lo que merecían. Pues él, así, sin más, y ella después de cantar el último lamento de la muerte, yace, su amante, y me la ha traído el propio marido para condimento de mi gozo.

CORO. ¡Ay! ¿Qué destino podría venir en breve, sin excesivo sufrimiento, sin prolongada enfermedad, trayéndome el eterno sueño interminable, después que ha sucumbido el más bondadoso guardián y que tanto sufrió por obra de una mujer? Y ahora a manos de una mujer ha fallecido.

¡Ay, ay, la loca Helena, que tú sola has destruido tantas, tantísimas vidas bajo Troya! Te has adornado tú misma con una suprema, inolvidable corona, a causa de una sangre indeleble. En verdad, había entonces en el palacio una Discordia, establecida allí para desgracia de un hombre.

CLITEMNESTRA. No invoques, abrumado por estas cosas, un destino de muerte. No vuelvas tu ira contra Helena, cruel destructora de hombres, como si ella sola hubiera perdido las almas de muchos dánaos y provocado un dolor incurable.

CORO. ¡Oh demon, que te lanzas sobre este palacio y sobre los dos Tantálidas, y afirmas la fuerza, desgarradora de mi corazón, de dos mujeres de iguales sentimientos'! Puesto encima del cadáver, a manera de cuervo enemigo, se jacta de cantar, según el rito, un himno triunfal.

CLITEMNESTRA. Ahora has rectificado la sentencia de tus labios, invocando al genio que tres veces se ha saciado de esta familia. Es él que alimenta en las entrañas este deseo de lamer sangre, y antes que cese el mal antiguo se declara un nuevo absceso .

CORO. Si, grande, grande es para esta casa y de pesada cólera el demon que recuerdas. ¡Ay, ay, doloroso recuerdo insaciable de destino calamitoso! ¡Ay, ay, por la voluntad de Zeus, causa de todo y que todo lo cumple! Pues ¿qué cosa para los mortales se termina sin Zeus? ¿Cuál de estos sucesos no es obra de un dios?

¡Ay, ay, rey mío, rey mío! ¿Cómo llorarte? ¿Qué puedo decirte del fondo de mi corazón? Yaces en esta tela de araña, exhalando la vida con muerte impía, ¡ay de mí!, domado en este lecho ignominioso por muerte traidora, bajo el arma de dos filos manejada por mano de mujer.

CLITEMNESTRA. Aseguras que esto es obra mía: no consideres que soy la esposa de Agamenón. Tomando la forma de la mujer di este muerto, el antiguo, amargo Alastor di Atreo, cruel anfitrión, lo ofreció en pago, sacrificando un adulto en venganza por unos niños.

CORO. ¡Tú inocente di este crimen! ¿Quién dará testimonio? ¿Cómo, cómo el Alastor de los padres podría ser tu cómplice? Usando de violencia, entre arroyos de sangre fraterna, el negro Ares avanza hacia el lugar en que hará justicia por el cuajo de sangre de unos niños devorados.

¡Ay, ay, rey mío, rey mío! ¿Cómo llorarte? ¿Qué puedo decirte del fondo de mi corazón? Yaces en esta tela de araña, exhalando la vida con muerte impía, ¡ay de mí!, domado en este lecho ignominioso por muerte traidora, bajo el arma de dos filos manejada por mano de mujer.

CLITEMNESTRA. No, innoble no creo que haya sido la muerte de éste. Pues ¿no es éste quien ha traído una dolosa calamidad a la casa? Sufrió merecidamente por lo que hizo sufrir a mi retoño nacido de él, mi Ifigenia tan llorada. Que no se jacte demasiado en el Hades: con su muerte a filo de espada ha pagado todo cuanto hizo.

CORO. No sé, privado de la solicitud ingeniosa de mi mente, adónde volverme cuando se hunde la casa. Tengo miedo del ruido de este aguacero de sangre que abate la casa. La llovizna ya cesa y la Moira, a la vista de otro crimen, afila en otras piedras su justi cia.

¡Oh tierra, ojalá me hubieras recibido antes de ver este hombre ocupando el lecho de bañera plateada! ¿Quién le enterrará o cantará su trino? ¿Te atreverás, después de dar muerte a tu esposo, a honrarlo con tus lamentos y por sus grandes empresas tributar pérfidamente a su alma un homenaje desagradable? ¿Y quién junto a la tumba se afanará en lanzar con sus lágrimas sobre el héroe un elogio con sincero corazón?

CLITEMNESTRA. No te concierne preocuparte de este cuidado. Por mis manos cayó y murió y también le enterraremos, acompañado no de los llantos de los de su casa, sino que Ifiginia, mi hija, cual conviene, saldrá dulcemente al encuentro de su padre, junto al impetuoso río di los dolores y, abrazándole, le besará.

CORO. Un Ultraje quien en lugar de otro ultraje, y es difícil decidirse entre ellos. Quien despoja es despojado y el que mata paga su deuda. Mientras Zius permanezca en su trono, subsiste: «que el culpable pague», es la ley sagrada. ¿Quién podría echar de la casa al germen maldito? La raza está soldada a la calamidad.

CLITEMNESTRA. Has regado con verdad a este oráculo. Pues bien; yo quiero, concluyendo un pacto con el demon de los Plisténidas, sufrir esta situación por dura que sea; pero, para el futuro, que saliendo de esta casa abrume a otra familia con muertes intestinas. Me basta, en absoluto, con tener una parte de los bienes, si puedo quitar del palacio la locura de recíprocas matanzas.

(Llega Egisto con una escolta de soldados.)

EXISTO. ¡Oh luz amable de este día justiciero! Ya podría decir ahora qué dioses vengadores de los mortales contemplan desde arriba los sufrimientos de la tierra, puesto que veo, in un manto tejido por las Erinis, a ese hombre que yace di manera grata para mí, pagando las maquinaciones de la mano paterna. Porque Atreo, señor de esta tierra, padre de ése, a Tiestis, mi padre, para decirlo claramente, le desterró de la ciudad y del palacio. Y regresando como suplicante del hogar, el desgraciado Tiestes encontró un destino seguro: no ensangrentar, muriendo aquí mismo, el suelo de la patria. Mas, como presente di hospitalidad, el padre impío de este hombre, Atrio, con más diligencia que amistad, fingiendo que celebraba alegremente un día sacrificar, ofreció a mi padre un banquete con la carne de sus hijos. Desmenuzó, retirado, los pies y el peine extremo de las manos para que no fueran conocidos por los comensales; y Tiestes, en su ignorancia, cogiendo las carnes, comió un alimento funesto, como ves, para el linaje. Después, dándose cuenta de la acción abominable, se queja, y cae de espaldas vomitando el degüello e invoca sobre los pelápidas un destino insoportable, derribando con el pie la mesa al mismo tiempo que lanzaba esta imprecación: «Así perezca todo el linaje de Plístenes».

Por todo esto podéis ver a ese hombre caído; y yo soy en justicia el que ha urdido esta muerte. Decimotercero de los hijos me desterró, cuando era todavía niño en pañales, con mi desventurado padre; después que fui criado, la justicia me ha vuelto a la patria, y sin franquear la puerta he alcanzado a este hombre, anudando toda la trama del plan fatal. Así bello sería para mí morir, ahora que he visto a ése en las redes de la Justicia.

CORIFEO. Egisto, no tengo respeto por aquel que se burla del crimen. ¿Dices que mataste intencionadamente a este varón y que tú solo has planeado este lamentable crimen? Pues yo te digo que a la hora de la justicia, sábelo bien, tu cabeza no escapará a las piedras y a las imprecaciones populares.

EGISTO. ¿Tú, sentado en la última fila de remeros, hablas así, cuando mandan los que están en el puente de la nave? Aunque seas viejo, sabrás cuán duro es a tu edad aprender a ser discreto cuando la orden ha sido dada. Las cadenas y los ayunos son excelentes médicos profetas de las almas para enseñar incluso a la vejez. ¿No te das cuenta de ello viendo estas cosas? No lances coces contra el aguijón, no sea que te lastimes golpeándolo.

CORIFEO. ¿Tú, mujer, aguardando en casa a los hombres, venidos de la guerra, has deshonrado el hecho del esposo y has tramado esta muerte para el caudillo del ejército?

EGISTO. También estas palabras serán causa de llanto. Tienes una lengua contraria a la de Orfeo: él se lo llevaba todo tras sí por la delicia de sus cantos. Tú, provocándome con tus necio

ladridos, serás llevado; y una vez dominado te mostrarás más manso.

CORIFEO. ¡Qué! ¿Tú serás mi rey de los argivos, tú que tras planeas la muerte de éste, no osaste poner en obra esta acción matándole con tus manos?

EGISTO. Porque el engañarle era, sin duda, propio de una mujer; yo era un sospechoso enemigo de antiguo. Mas, con su dinero intentaré gobernar a los ciudadanos; al que no obedezca unciré un pesado yugo: y no estará harto de cebada, cual potro sujeto por tirantes, sino que el hambre cruel asociada a las tinieblas se cuidará de su docilidad.

CORIFEO. ¿Por qué en tu alma cobarde no mataste tú solo a este hombre, sino que una mujer, baldón para este país y los dioses locales, le mató? ¿Acaso Orestes ve la luz para que, regresando con un destino favorable, llegue a ser el victorioso matador de ambos?

EGISTO. Puesto que pretendes actuar y hablar así, pronto aprenderás: ¡ea, mis guardias, a la acción!

CORIFEO. ¡Ea, espada en puño, todos preparados!

EGISTO. También yo tengo el puño en la espada y no rehúso morir.

CORIFEO. Hablas a quienes aceptan morir; elegimos este riesgo.

CLITEMNESTRA. De ningún modo, ¡oh el más querido de los hombres, causemos otros males. Deplorable cosecha es el haber segado ya tantos. Basta de dolor; no nos manchemos con más sangre.

Id, ancianos, a las casas que el destino os ha concedido, antes de sufrir o hacer algo inoportuno; debía suceder lo que hemos hecho. Si estos trabajos fueran suficientes, lo aceptaríamos, heridos cruelmente por la garra pesada de un dios. Tal es el parecer de una mujer, si alguien estima escucharlo.

EGISTO. ¡Y que brote de estos contra mí una lengua insolente y lancen tales palabras desafiando a un dios, y se alejen del consejo prudente e insulten al que manda!

CORIFEO. No sería propio de argivos defender a un malvado.

EGISTO. Yo iré en tu busca todavía con el tiempo.

CORIFEO. No, si un dios conduce a Orestes hasta que llegue aquí.

EGISTO. Sé que los exiliados se alimentan de esperanzas.

CORIFEO. Sigue actuando, engorda la justicia, mientras te es posible.

EGISTO. Tú me vas a pagar cara tu locura.

CORIFEO. Jáctate animosamente, como un gallo al lado de la hembra.

CLITEMNESTRA. No te preocupes de esos vanos ladridos; tú y yo, señores de este palacio, restableceremos todo el orden.


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